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Dibujo y Arquitectura

 

El Club de los Paraísos Perdidos
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El Club de los Paraísos Perdidos

Caminaba despacio por la calle Dei Greci. Era jueves, y en la atmósfera tranquila de esas últimas horas del día, Venecia parecía otra ciudad.
Crucé el puente, me perdí por la abigarrada Riva degli Schiavoni y me senté en el borde de un canal a ver pasar la vida, dejando que mis piernas oscilasen a pocos centímetros del agua. El estucado rojo de las fachadas me pareció entonces voluptuoso, sonoro, y comencé a imaginar noches largas de lujuria y carnaval.

Pensaba en todas esas cosas cuando me di cuenta de que no estaba sólo; a mi lado, recortada contra la luz lívida de los faroles, distinguí la figura de un viejo en el que hasta ese momento no había reparado:
-Cuando me siento aquí- dijo- recuerdo por qué vuelvo a Venecia una y otra vez.
Esta ciudad tiene unas dimensiones que te siguen, y siempre te da la bienvenida.1
Escruté su rostro, pero en la penumbra apenas pude distinguir su pelo claro y unos ojos pequeños. Tras unos segundos, balbuceé:
-Desde luego, caballero… ¡Y luego están esas fachadas de un rojo obsceno!
Al rubio le divirtió mi absurda puntualización. Prorrumpió en una carcajada, pasó su brazo sobre mi hombro y sugirió:
-Conozco una trattoria donde preparan el mejor bacalà mantecà de Venecia. No está lejos de aquí.

Acepté la invitación: ese hombre parecía de fiar y yo tenía un hambre feroz. Al ponernos en pie descubrí su colosal estatura, que me hacía sentir como uno de esos enanos de circo. Mientras caminábamos, comenzó a hablar sobre algunos viajes de juventud, y en sus recuerdos se mezclaron la noche y los astros:
-En Marruecos…la llanura desértica une las aldeas como el mar une las islas -explicó – la gente abandona los oasis y los pueblos montada en camellos o burros, guiada sólo por las estrellas y el sol.2
Eso era exactamente lo que me parecía estar haciendo en esa noche de luna: errar por callejuelas de pavimento argentado, sin rumbo fijo ni faros que nos guiasen.
-La historia sucesiva- prosiguió el anciano-, fue la conversación con la noche y sus estrellas.3
-¿Cuándo comenzó a verse la noche?4- Respondí, metafísico.
Una nueva carcajada fue la respuesta a mi pregunta retórica:
-Ya hemos llegado- anunció-. Aquí es.

Por más que miré a mi alrededor no vi ninguna señal de un restaurante, ni aún de una taberna. El viejo golpeó con decisión una vetusta puerta de madera, que pronto cedió para dejar a la vista una escalera estrecha, oscura y tétrica; sin volverse, empezó a descender.
No tuve más remedio que seguirle, y unos segundos después descubrí que ni siquiera ese siniestro umbral había prefigurado la escena que iba a contemplar: un tugurio sombrío, iluminado sólo por velas parpadeantes sobre las que flotaba un humo denso de opio y hachís. A izquierda y derecha, una colección de personajes extravagantes se arrellanaban lánguidos sobre sillones tapizados en seda. Entre ellos, como emergido de las tinieblas, un elegante maître avanzó hacia nosotros:
-La mesa está lista –informó-. Don Carlo les espera desde hace tiempo.
Nos guió a continuación hasta una puerta situada en el extremo opuesto de la sala, tras la que descubrimos una estancia extraordinaria: una pequeña cripta sobre cuyos muros -manchados por la humedad de la laguna que, sin duda, nos rodeaba más allá de los sillares- descansaba una bóveda ojival, ¡tal vez estábamos ante la mazmorra de un antiguo palazzo o el último rastro de unas catacumbas!
Y allí, sentado con expresión severa, estaba otro hombre que fijó su mirada en nosotros.
-Buenas noches, Profesor -saludó el viejo, al tiempo que hacía una reverencia casi litúrgica-. Le ruego que disculpe nuestro retraso.
-No hay cultura al norte de los Alpes…5- murmuró, contrariado, el comensal.
Era un hombre singular. Su barba rala enmarcaba un rostro afilado que, junto con su nariz aguileña y su pelo gris peinado hacia atrás, le confería un aspecto aristocrático y delicado. Tenía los ojos hundidos, parapetados tras unas gafas redondas y excesivas.
Nos sentamos a la mesa y el maître sirvió Petrus hasta llenar nuestras copas, forjadas con un vidrio azul de Murano. El viejo alzó la suya y exclamó:
-¡Salud!

Los movimientos pausados de nuestro anfitrión, su cuidadosa manera de posar la copa en la mesa tras cada trago de vino, su mirada señoril y vaga, lo hacían parecer –al menos a mis ojos- la mismísima reencarnación del Dogo Foscari 6.
El viejo, del que ahora sí podía distinguir el rostro, parecía en cambio un hombre mundano, mucho más prosaico. Él fue quien comenzó la conversación.
-Profesor, querría en primer lugar agradecerle que me permita explicar mi proyecto. Hace tiempo que tengo esa aspiración…han transcurrido ya cincuenta años desde que lo dibujé por primera vez, y aún no sé si Venecia lo habrá aceptado.
El veneciano sonrió con una mezcla de conmiseración y escepticismo, y el rubio comenzó la narración de ese proyecto que yo estaba ansioso por conocer:
-Verá- dijo el viejo-, en Venecia cada árbol es precioso…y en la parcela había unos cuantos7
A continuación, su discurso se volvió confuso. Comenzó a hablar de la luz nórdica, de un mundo sin sombras; gesticulaba frenético, casi desesperado. Ni el anfitrión ni yo entendíamos de qué estaba hablando.
De pronto, su mirada se detuvo en el mantel –confeccionado con un finísimo papel egipcio-, cogió una plumilla y trazó sobre él un dibujo escueto:

-Nací en el País de las Sombras Largas8 , en esa Ultima Thule desconocida para los meridionales -explicó-. Cuando tuve que hacer el proyecto, yo apenas superaba los treinta años. Venecia me pareció una invención que existe como un contenedor de sueños buscando lo inexplicable …9 una ciudad que vive en el reflejo mágico de la luz entre los canales de la laguna.10 Por eso –continuó-, en el lejano 1958, esbocé algo así:

-Éste es el proyecto- resumió-. Una interferencia en la naturaleza que difumina los rayos de este sol mediterráneo para traer a Venecia la luz del Norte.
El anfitrión y yo habíamos enmudecido. La claridad de esos bocetos esenciales había hecho innecesaria cualquier palabra, habían iluminado un discurso ininteligible.
En ese instante, rompiendo el silencio, apareció el maître con una enorme bandeja de cuscús.
- Me he tomado la libertad de cambiar el menú- señaló el Profesor-. El bacalá no sienta bien a estas horas. Ya tengo una edad…
El rubio sonrió y mostró su conformidad; parecía gustarle la idea de experimentar un sabor extraño:
-Al fin y al cabo -reflexionó-, Venecia es la ciudad de los ladrones, la ciudad de los comerciantes. Cualquier posible mercancía pasa a través de esta ciudad.11

Comimos, y mientras tanto el viejo habló con entusiasmo acerca de Venecia y sus artistas. Aseguró que, cuando miraba los cuadros de Carpaccio, se podía imaginar a sí mismo a través de toda la vida veneciana 12.
El Profesor, mucho menos locuaz, masticaba lentamente la sémola de grano hasta que de pronto, movido por una pulsión interior, apoyó los cubiertos en la mesa, sacó de su bolsillo un lápiz gastado y afirmó:
- Quiero ver las cosas, no me fío más que de esto…por eso dibujo.
Sólo puedo ver las cosas si las dibujo
.13 -Mientras pronunciaba esas palabras, su grafito comenzó a delinear sobre el mantel una imagen minuciosa:

-Esto es lo que a mí me interesa de Venecia –dijo-. Cómo podrá aceptar el advenimiento de ‘lo nuevo’.
Yo, que hasta ese instante había permanecido cómodo en mi papel de convidado de piedra, me sobresalté cuando el rubio se volvió hacia mí e inquirió:
-¿Y tú, muchacho? ¿Qué podrías contarnos de Venecia?…
Permanecí en silencio… ¡Me atemorizaba la idea de hablar frente a esos dos desconocidos!-¿Es la primera vez que visitas la ciudad? –insistió-. ¡Algo podrás contar a estos dos viejos!-
Tras unos segundos de duda, los efectos del humo narcótico que viciaba el aire me empujaron a contar mi historia:
-Crecí en el Fin de la Tierra- comencé-. Allí la tierra se encuentra con el mar como un cuchillo se encuentra con la piel: todo es concreto, absoluto, violento…-
Cogí mi rotulador y, como si de una epidemia iniciada en las manos de esos dos hombres se tratase, comencé a ilustrar mi relato…

-La primera vez que vi Venecia –continué- me pareció un espectro que flotaba en la laguna…

-Luego comprendí que en realidad es una ilusión, el truco de un prestidigitador, pura superchería: sus islas se apoyan en millones de estacas clavadas en el fango, sobre las que germinó un mundo extravagante de lujo, damasquinados y pan de oro… Me hipnotizan los árboles que asoman sobre sus tapias rojizas… ¿Dónde están sus raíces?… ¡Tal vez son ellas las que mantienen amarradas las islas al fondo de la Laguna!… Venecia es, ante todo, un acto de fe… -Concluí.

El Fin de la Tierra!- exclamó el rubio mientras reía-, ¿cuántos fines tendrá la Tierra ahora que hemos perdido el horizonte 14? En mi país lo llamamos Verdens Ende 15
El maître irrumpió de nuevo, trayendo consigo un café de aroma punzante y licores de los cinco continentes.

Bebimos hasta perder la noción del tiempo. El Profesor miraba cada vez con mayor interés un dibujo geométrico que adornaba la bóveda, mientras el viejo y yo discutíamos sobre cuál de los fines de la tierra era más digno de ese nombre.
La densidad del humo crecía al tiempo que, desinhibidos por la embriaguez, celebrábamos nuestra recién nacida amistad y nos profesábamos cumplidos mutuos.
Una música invadió entonces la cripta; oímos unas confusas exclamaciones y, súbitamente, los dos ancianos se levantaron como poseídos por una fuerza superior para precipitarse hacia la sala principal. Me levanté tambaleándome, corrí tras ellos y, más allá de una multitud delirante, creí reconocer sobre el escenario a… ¡Joséphine Baker!
A mi lado, un austrohúngaro de elegancia austera se mesaba su generoso bigote mientras suspiraba:
-¡Ésta sí es una mujer! La Sirena de los Trópicos

No volví a ver a mis compañeros. En el caos de ese tugurio atestado, el humo y mi borrachera hacían imposible diferenciar una cara de otra.
Sé reconocer el final de una noche de fiesta, y –aunque la muchedumbre todavía bailaba agitada-, para mí ese momento había llegado. Atravesé la sala para ganar la puerta y en mi camino escuché, tumbado sobre un diván, cómo un hombre barbudo con acento catalán divagaba sobre el tiempo y los recuerdos.
Subí las escaleras angostas y en el último peldaño leí ‘Club de los Paraísos Perdidos’. Abrí la puerta y pude ver que, en el cielo limpio del alba, el sol y la luna todavía se seguían de lejos, se seguían mirando. Mientras tanto, sobre las fachadas ocres y rojas de Venecia, se proyectaban las primeras sombras del día.
Entorné los ojos. Esa luz me resultaba insoportable.

Borja López Cotelo

Notas:
1FJELD, Per Olaf (2009): Sverre Fehn. The pattern of thought, Nueva York, The Monacelli Press, p. 54
2FEHN, Sverre en NORBERG-SCHULZ, Ch. & G. POSTIGLIONE [1997]2007. Sverre Fehn. Opera Completa. Milán, Mondadori Electa S.p.A., p. 276
3Ibid., p. 277
4BORGES, J.L. (1998). El tamaño de mi esperanza. Madrid, Alianza Editorial. El libro fue escrito en 1926.
5Eso dijo Carlo Scarpa a Sverre Fehn en un encuentro en Venecia, durante la construcción del pabellón nórdico en los Giardini di Castello. Ver FJELD, Per Olaf: Op. cit., p.64
6Dogo es el título con el que, entre la dominación bizantina (s. VII) y la conquista napoleónica (1797), se distinguió al magistrado supremo y máximo dirigente de la República de Venecia. En el siglo XV, bajo el mandato de Francesco Foscari, la república se expandió por la península itálica.
7Per Olaf Fjeld señala que Fehn había hecho esta afirmación en más de una ocasión; ver FJELD, Per Olaf: Op. cit. p.54
8VV.AA. (1992). Sverre Fehn: L’Architetto del Paese dalle Ombre Lunghe. Nápoles, Fratelli Fiorentino.
9Fjeld, P. O.(1983). Sverre Fehn. The Thought of Construction. Nueva York, Rizzoli International Publications Inc., p.112
10Sverre Fehn en NORBERG-SCHULZ, Christian y POSTIGLIONE, Gennaro: Op. cit., p. 204
11FJELD, Per Olaf (2009): Sverre Fehn. The pattern of thought, p. 54
12Ibid.
13SCARPA, C. (1985). Carlo Scarpa. Barcelona, Gustavo Gili.
14‘Cuando fue posible identificar el horizonte con una línea trazada sobre una hoja de papel, el misterio se
disolvió de una vez por todas. La razón había domado lo irracional’, Sverre Fehn en FJELD, P. O.: SverremFehn. The Thought of Construction, p. 27. Uno de los ensayos incluidos en ese volumen que sintetiza gran parte de las ideas de Fehn, se titula ‘La pérdida del horizonte’.
15Extremo sur de la isla de Tjøme, situada en el fiordo de Oslo, cuya traducción literal es ‘Fin del Mundo’. Podemos citar también el Finisterre gallego, o el Finistèrre francés…

Imágenes:
Ilustraciones 1, 2, 4, 6 y 7: Dibujos de Sverre Fehn, de NORBERG-SCHULZ, Ch. & G. POSTIGLIONE [1997]2007. Sverre Fehn. Opera Completa. Milán, Mondadori Electa S.p.A.
Ilustración 3: Dibujo de Sverre Fehn, del Nasjonalmuseet for kunst, arkitektur og design
Ilustraciones 5, 12 y 13: Dibujos de Sverre Fehn, de FJELD, P. O. (2009). Sverre Fehn. The Pattern of Thought. Nueva York, The Monacelli Press
Ilustración 8: Dibujo de Carlo Scarpa, de SCARPA, C. (1985). Carlo Scarpa. Barcelona, Gustavo Gili
Ilustraciones 9, 10 y 11: Dibujos de Borja López Cotelo

 

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